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sábado, 23 de junio de 2012

Sentir, es dolor.



Cuando duermo, no pienso, sueño. Cuando sueño, siento, no suelo pensar. Me da miedo sentir, pero me da pánico pensar.  Sólo quiero dormir.

Sentir es inevitable, y pensar es casi opcional.
 Cuando sientes, piensas,y cuando piensas, recuerdas. Lo malo es que el recuerdo duele. Sentir, es dolor a través del pensamiento. Son los sentimientos los que trasnforman en pensamientos las sensaciones.


Sentir, es sólamente dolor, en mayor o menor medida (A veces eclipsado por el placer o el miedo).
 Sentir es dolor, sin sentir dolor.
 Pensando.



Siente, no pienses. Si sientes, el pensamiento ya vendrá.

sábado, 16 de junio de 2012

El Escritor (Parte 2)


Parte uno: http://www.ejercitodepalabras.blogspot.com.es/2012/05/el-escritor-parte-1.html

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El dolor comenzó a ser insoportable. Notaba cómo sus huesos se debilitaban a cada aguijonazo, y sus músculos comenzaban a ser un festival de tics y entumecimientos. Y llegó un momento en el que su cuerpo no pudo más. Y su mente lo supo.

Algo que ni él hubiera podido definir o describir con palabras recorrió su cuerpo con la velocidad de un rayo (Puede que fuera literalmente un rayo), y una sensación de presión apareció en su pecho, la cual acabó explotando instantes después.

 Abrió los ojos, y gritó. Un grito desgarrador que llenó la habitación por completo, y casi se pudo notar la vibración de los cristales de las ventanas que no conseguían filtrar apenas nada de luz.

Y sentado en aquella habitación con un inmenso pergamino delante suyo, únicamente iluminada por el fulgor ígneo que emanaban las lágrimas y su boca abierta de par en par,  todas las letras se despegaron de su piel emitiendo un sonido agudo y seco, como una onda expansiva, al son de su grito, como un campo de batalla donde se arroja una bomba, y los soldados enemigos salen disparados hacia todas direcciones. Como un vaso de cristal al romperse.

Todas esas letras, como cristales tintineando en una tonalidad desafinada, volvieron a girar a su alrededor, esta vez con una velocidad que asustaría a la propia luz.

 Lágrimas luminosas y amarillentas que escurrían por sus mejillas.
 Las letras giraban con más velocidad, esgrimiendo sus convulsiones eléctricas, sangrando oscuridad, pero no se atrevían a volar hacia el escritor, el cual alzó las manos, y con rápidos movimientos, iba tocando con los dedos, una por una, las letras que vasculaban a su alrededor. Cuando las tocaba, dejaban de chisporrotear y, emitiendo un oscuro pero tenue sonido, comenzaban a rezumar un apagado humo rojizo y desaparecían casi al instante, quedando grabadas en el papel, apareciendo en un destello y convirtiéndose en negros garabatos, comparable a la lava cuando se solidifica.

domingo, 10 de junio de 2012

La búsqueda (Parte 2)



El sol me atizó en la cara como un látigo, y me pilló tan de imprevisto que casi me asustó. Sacudí la cabeza unos instantes, enfoqué el camino hacia el coche, y lo arranqué cuando ya me hube metido dentro. Le costó arrancar bastante más de lo normal, pues se notaban las lasrgas distancias que, en épocas estivales, había recorrido de una punta a otra del país a manos de mi padre, con mi madre de coopiloto, y mi hermano y yo en los asientos traseros, peleándonos a todas horas.
Evité que aquellos recuerdos familiares que ahora quedaban tan lejanos penetratan más de lo necesario en mi cabeza, y emprendí la marcha hacia no sé dónde, para buscar algo que, aunque no supiera que era, sabía que lo encontraría.

El cielo se emborronó un poco más, y unos cuantos garabatos negros se deslizaron sobre el cielo, tratando de alcanzar el Sol con sus garras sombrías. El negro de esas nubes no era normal en absoluto, al menos no para ser nubes tan aisladas unas de otras. Es cierto que el clima en mi ciudad siempre había sido muy extraño y poco regular, pero esas nubes asaltaban el firmamento con su negrura, desentonando completamente con el resto del panorama. Procuré no darle mucha importancia, estaba saliendo de la ciudad y necesitaba comenzar a poner los 5 sentidos en mi marcha.

Las carreteras que trataban de escapar escurriéndose entre los edificios siempre habían permanecido en el mal estado en el que se construyeron: Baches, badenes, desniveles y bordillos donde no debería haber más que asfalto poblaban de temblores y ruidos el interior del vehículo.

De pronto, todo cambió. Y aunque el cielo se siguiera tiñendo de gris cada vez con más constancia, sentí en un sispiro el cambio del estrés urbanita y la molesta contaminación acústica de la ciudad, y me convertí en parte del paisaje. Apenas me había dado cuenta del cambio, y en un abrir y cerrar de ojos me encontré viajando por una carretera solitaria en la ladera de una de las montañas con el rostro más precioso que jamás haya podido ver. "¿Estará aquí lo que busco?" pensé mientras miraba el paisaje.

Desde la carretera se podía sentir el desvanecimiento del terreno hacia el valle. Con la forma de una línea de pulso en un control médio, casi en forma de V.
 Las laderas de la montaña estaban adornadas con una cantidad incontable de árboles que, en ocasiones, dejaban a la vista manchas de piedra gris tan bella como la visión de aquel paisaje. Se podían observar las grandes hileras de pinos, chopos, abetos, nogales y robles salpicar de verde esmeralda aquella magnificiente montaña. "Creo que no... No siento nada." Pensé con gran desilusión al dejar atrás aquel paraje de ensueño. Y sin mediar más palabras para mis adentros, continué mi camino.

lunes, 4 de junio de 2012

La búsqueda (parte 1)

Me desperté con los ojos pegados y un mechón de pelo molestándome en mitad de la cara. Di un par de vueltas perezosas en la maltrecha cama mientras esperaba el momento para levantarme, aunque no me apeteciera lo más mínimo, debía hacerlo.

Desplacé una de mis manos hacia la cara y me aparté el pelo que estaba donde no debía estar. La boca me picaba por el alcohol de la noche anterior, y me sabía a ceniza y a sangre.
Me levanté de la cama de un respingo, y observé mi habitación: Toda una montaña de ropa surgía del suelo hasta tapar la mesa de mi escritorio, al lado de la ventana, a la cual ya se le había caído la cortina unos días atrás. El armario sólo tenía una puerta, y la poca ropa que quedaba dentro no tenía pinta de oler muy bien. Me molesté en avanzar hasta la ventana, y abrirla de un golpe. Asomé la cabeza mientras el tiempo dejaba atrás el crugido de la contratapa al abrirse, y miré al cielo. El Sol brillaba entre los edificios, y sólamente unas pocas nubes conseguían abrirse paso tratando de contaminar de negro la bóveda celeste. Otro caluroso día más.

Supe que ese sería el día donde encontraría ese "algo" que necesitaba para volver a sonreír. Hasta ahora, mi vida había sido un completo desastre. Trataba de vivir de mis padres, haciéndoles creer que estaba estudiando el tercer curso de una carrera que no existía, en una universidad que me había inventado, y en una ciudad de la que ni siquiera recuerdo el nombre.

Supongo que no era feliz, pero tampoco me había molestado en buscar la felicidad. Sabía que me faltaba "algo", y no me refiero a poner orden en mi casa, a poder comer algo cocinado por una persona, o a ponerme ropa limpia. Sabía que tenía que buscar aquello que me faltaba, y pretendía que hoy fuera el día.

Caminé unos pasos hasta el cuarto de baño y me miré al espejo, prefiriendo borrar cualquier recuerdo que esa habitación pudiera evocarme. Mis ojos se clavaron en mi, y objservé el verde resplandor que emitían. Me miré de arriba abajo, saqué la lengua, y me hice un par de muecas. Abrí el grifo y coloqué las manos debajo hasta que se hubo creado un pequeño estanque en la forma cóncava de mis palmas, y me lo llevé en un suspiro hasta la cara. Aún con el rostro empapado, alcé la vista, y volví a mirarme, apartándome la media melena de la cara, y echándome el pelo hacia atrás, mientras observaba mi cara mojada.

Rescaté un par de calcetines con algún que otro agujero, unos pantalones vaqueros que llevaba poniéndome hace ya un par de meses, y una camisa de cuadros, y cogí una libreta y un bolígrafo de lo que quedaba a la vista de la mesa del escritorio sepultada por la ingente cantidad de prendas que había ido amontonando. Volví a mirar por la ventana: El cielo había comenzado a cubrirse, pero no para poder afirmar que estaba nublado. Sólamente unas pocas nubes, algo más negras, se habían atrevido a aparecer allá por el horizonte.

Cogí las llaves de la tartana de cuatro chapas con algo de pintura y un motor adherido con celo a la cual mi padre, en un pasado, la hubiera llamado "coche", y salí por la puerta de casa.