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jueves, 16 de agosto de 2012

Poemas de guerra.



Observa el rostro de  su enemigo, y sus ojos repletos de lágrimas se clavan en los suyos. La culpa ya empieza a comérselo por dentro, pero aún así, dispara. Y la bala atraviesa cualquier atisbo de humanidad que pudiera haber quedado en sus entrañas, mientras observa a su enemigo morir. El mismo enemigo que le había suplicado piedad en un idioma desconocido. La angustia recorre el cuerpo de ambos, a partes iguales, como una especie de carrera macabra que culmina en las lágrimas de desconsuelo del muerto en la arena, y del asesino en el infierno. Con las manos manchadas de sangre inocente, vuelve a gritar al cielo, y otro rostro se emborrona para dejar paso al abismo que, a partir de ese momento, significrá su vida. Para siempre.
Y observará al enemigo correr, y observará al enemigo gritar, y le será indiferente que detrás de cada persona se esconda un mundo, unos sentimientos, y una historia que contar. Sus disparos arrasarán con todo, y con todos. Escuchará los alaridos de clemencia que sus aterradas víctimas le suplicarán desde su ahogada y ya marchita vida, y pondrá fin a su existencia sin dudar un sólo segundo. El dedo ejecutor que destruyó tantas vidas, para cambiar sólamente una.

Una inocencia que se perdió a base de marchas de tambores y cornetas. Tantas lágrimas de tantas madres que vieron escurrirse entre sus manos la dulzura de un niño. Y su juventud perdida traerá de vuelta, desde su viaje a la nada más absoluta, las más tenebrosas sensaciones de angustia, dolor, lástima, pena y tristeza. Una amargura digna del sentimiento de impotencia que sólamente se puede respirar al acabar con otros. Al segar vidas inocentes, al romper su piel humana y desatar el poder de una bestia que vive latiendo en su interior. La muerte cambia la capucha por un uniforme, la guadaña por un fusil, los huesos por músculos, y lo que un día fueron ojos, se convierten en las lágrimas de pena más negras de las que cualquier corazón humano pudiera haberse apiadado jamás.

Sabe que, al final de la batalla, al final de la guerra, y cuando la lluvia hubiera, por última vez, mojado su rostro, borrando la sangre de los vencidos en sus manos, su llama también se apagará. Pero la angustia de saber que la conciencia y el alma seguirán vivos, y le atormentarán aún después de su muerte por lo que su pasado le deparó, sigue creciendo. Ya en el lecho de muerte, con la suerte que no disfrutaron los caídos en sus manos. Con la gloria que no sintieron los que murieron solos, angustiados, con dolor. Con una paz creada como defensa por una mente asesina. Una paz que no pudieron disfrutar aquellos que se cruzaron en su camino.
Y el ulular del viento arrastra una voz cruel, que le susurra que ya cayó hace mucho tiempo, que la muerte no llega al final de los días, que sus días de vida ya acabaron hace años. La existencia es efímera, el recuerdo es lo que prevalece. Desde luego no es lo mismo morir, que perder la vida.

jueves, 9 de agosto de 2012

Déjate llevar (borrador)


Inspiró profúndamente, y una calma tan quiteta como una balsa de aceite inundó sus pulmones. Observó al público, impasible, con la mente aún en blanco, y comenzó a improvisar.

Las palabras brotaban de sus labios sin ningún sentido ni coherencia, pero a la vez con cierto ritmo y elegancia, y el suave tacto de aquel halo de extraño misticismo comenzó a rodear su cintura.

Sus labios se movían solos, esgrimiendo la mejor de las batallas jamás batalladas por un espadachín, perfilando las más bellas prosas de la más prosáica pluma del mejor escritor, sintiendo las penas del más apenado de los dolientes.

Su cintura comenzó a moverse junto con sus caderas, y sus pies comenzaron a danzar al ritmo de sus palabras.

Volvió, de pronto, y dentro de su alma, al interior de su madre, nadando en ese limbo, en esa nada, en ese vacío que existe antes de que nada exista. Y se desvaneció ante la atenta mirada de los espectadores