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viernes, 30 de noviembre de 2012

Psicoactivo.


El coche se detuvo en el arcén de una lujosa urbanización con un montón de chalés adosados a cada lado de la carretera. Me bajé del coche con la preocupación de tener que resolver un problema que, de entrada, no tenía ni idea de cómo solucionar, ya que mi experiencia en cuanto a motor, coches, y demás parafernalias relacionadas con este mundillo, era completamente nula. Observé ambos lados de la calle, y pude ver cuantro trozos de algo metálico y oxidado cerca de mi vehículo. Recogí los tornillos y los miré con cara de preocupación, pensando qué tocaba hacer ahora.

El problema parecía ser que los remaches de una de las ruedas traseras, por el motivo que fuera (tal vez tuviera algo que  ver el hecho de que el coche tenía cerca de 30 años, y las revisiones habían brillado por su ausencia) se habían soltado de su encaje, y por alguna circustancia que desconozco, habían quedado rotos, doblados, e inutilizables. Me quedé pensativo, con los tornillos en la mano, sin saber bien qué hacer, y resoplé unas cuantas veces.
De pronto, una voz resonó en la calle desierta y austera, adornada sólamente por una acera muy poco decorada, y las vallas de madera y arbustos que protegían la propiedad privada de las casas.

-¡Eh, tú!

Mi cerebro se desorientó una milésima de segundo, pero el grito me sirvió para salir del ensimismamiento y la obsesión de mi mirada por fijarse en los tornillos de la rueda. Tampoco sabía muy bien qué pretendía conseguir mirándolos sin más, porque lo que estaba claro es que solos, no iban arreglarse, y mis concimientos de mecánica eran los mismos que de baile clásico. Alzé la mirada, y observé a un hombre, de unos 30 años, con abundante barba y, hasta donde alcanzaba a ver, bastante atractivo a la vista, con ojos verdes muy profundos, y cejas muy pobladas que conseguían darle mucha personalidad al rostro, asomado a la ventana de la que parecía ser la casa más grande de todas las de la zona.
Me hablaba a través de unos barrotes de acero, bastante finos, pero con aspecto resistente. Unas buenas medidas de seguridad para evitar robos, desde luego.

-¿Si? ¿Qué pasa? - Contesté con simpatía.

- Se te ha averiado el coche, por lo que veo. ¿Están listas las premisas?

- Eh... si... eso parece.

 Contesé con cierta perplejidad. ¿Las premisas? ¿Qué premisas? Imaginé que sería alguna frase que no logré entender con claridad debido a la distancia desde la que estábamos manteniendo la conversación, tan escueta y simple, así que no le di demasiada importancia.

-¿Cual es el problema?  - Preguntó.

- Los tornillos de una de las ruedas - Respondí con preocupación, y volví a mirar los tornillos de nuevo. -Están destrozados.

-¡Eso es terrible! ¿Y no sabe cómo  solucionarlo?

El chico soltó una leve sonrisa. O al menos eso me había parecido. Aún así, y sin ganas de interpretar su mueca, le contesté que si, y aproveché para preguntarle si sabía algo de mecánica.
Me contó que no tenía ni idea, que él sólamente estaba allí "por que si" y que no tenía por qué saber nada de esas cosas. Me contó que tal vez, en estas laberínticas calles repletas de adosados, hubiera algún mecánico dispuesto a ayudarme, y comenzó a hablarme de lo tranquila que era su vida y lo simpáticos que eran los vecinos.
Su actitud resultaba a veces irritante, y a veces demasiado mística como para poder pensar en otra cosa. Mientras me hablaba, recorrí con la vista toda la inmensa fachada de la casa, hasta observar, unos metros más adelante, la puerta de entrada a la propiedad, y el cartel de "bienvenida" que este sostenía entre dos finas estructuras de metal, que se perdían a formar parte entre los matorrales y arbustos que a su vez formaban parte de las vallas de madera. Encima de estas columnas diminutas de hierro bastante bien cuidadas, y que daban forma a la puerta de entrada, podía leerse un cartel: "CENTRO SANATORIO MENTAL VILLA ROJA".
¿Un manicomio? Pensé en si era recomendable, que un interno de un manicomio pudiera tener una habitación con ventana directa a la calle, o incluso si sería legal.
De pronto sentí un cierto temor. Es cierto que, a veces, las palabras de aquel hombre sonaban com distorsionadas, muy alejadas de la realidad. Como si sus palabras, su mente, y su cuerpo, fueran absoluamente en direcciones opuestas, pero tampoco daba el perfil de "loco". Supongo que era demasiado pronto como para saber algo así, apenas le conocía de media hora.
La cobertura de mi móvil había desaparecido, y por la calle no pasaba absolutamente nadie. Ni coches aparcados, ni niños jugando, ni voces hablando. Absolutamente nada. Nada, excepto aquel hombre, asomado a la ventana de un manicomio, hablando con un pobre diablo que ha roto los tornillos de una de las ruedas de su coche, y se había quedado completamente tirado. Un pardillo como yo, hablando con un loco.

-¡Eh! ¡Las mejores ideas siempre llegan tarde! - Dijo el hombre desde la ventana, de nuevo.

No dije nada, sólamente le miré mientras él seguía hablando.

- Usted ha roto cuatro tornillos de una rueda, pero el coche tiene cuatro ruedas. Podría quitarle un tornillo a cada una de las tres ruedas restantes, y ponérselos a la otra. Eso le servirá para llegar a la gasolinera más cercana, o a una estación de servicio. Para salir de Villa Roja sólo tiene que seguir las indicaciones de las señales de tráfico. Sé que es un poco lioso, llevo viviendo aquí casi dos vidas, pero no tiene mucha pérdida.
Mi rostro palideció. ¿Cómo no se me había ocurrido antes? ¡Claro! Usar un tornillo de las tres ruedas restantes para colocar la cuarta. Parecía una idea simple, pero había que pensarla, procesarla, y sobre todo; decirla.
Después de sacudir varias veces la cabeza, un montón de dudas aporrearon la puerta de mi curiosidad, exigiendo respuestas. ¿Cómo una persona con ese ingenio estaba encerrada en ese lugar? ¿Cómo?

- ¡Eh! - Grité tratando de llamar su atención.

- ¡Las oportunidades para hablar han de ser ahora! Nunca sabes cuándo vas a fallar, pero desde luego que si. Habla. ¿Qué ocurre?

Obvie la falta de coherencia de sus palabras.

- Dime. ¿Cómo es posible que una persona tan lúcida e ingeniosa como tú esté encerrada en un sitio como ese? A mi no se me hubiera ocurrido tu idea de repartir los tornillos restantes.

Su respuesta, me heló la sangre, y un escalofrío, tenso y rígido, me recorrió la espalda:

- Yo estoy aquí encerrado por loco, no por tonto.

viernes, 23 de noviembre de 2012

Mi ángel onírico.


Con este dolor de cabeza no puedo pensar. El hambre devora y eclipsa las otras sensaciones, aunque éstas luchen por salir, en una batalla que siempre tien como amarga desembocadura la derrota. Entre el aburrimiento y estos cansados y repentinos aumentos del ritmo cardiaco aumentan peligrosamente la desesperación y la sensación de adversidad. El no poder sentir ni pensar. El pensar que ya no está me hace sentir triste, y el sentimiento triste me recuerda el porqué lo estoy, y de nuevo a pensar, y es un círculo que no acaba nunca y se va consumiendo y pudriendo dentro poco a poco, como una implosión.

Pensé que sería mi ángel, que se abriría paso entre las nubes, con su cuero desnudo y sus alas luminiscentes, blandiendo una fina y elegante espada sujeta por sus manos de porcelana, con su cabello ardiente ondeando al viento, quemando con la pureza de sus llamas la densa y corrupta oscuridad. Que me abrazaría con sus frágiles brazos u que meso calmaría mi llanto. Que su aroma de jazmín y vainilla me inundaría los pulmones y así seríamos parte el uno del otro.

 Pensé que nuestros cuerpos se fundirían conjuntamente en una eterna comunión, y me llevaría a su reino etéreo, entre las nubes, con la piel hormigueante por las cosquillas de éstas al rozar nuestros cuerpos, ya celestiales. Que nuestra piel se convertiría en pura luz, y que entre los dos iluminaríamos un mundo creado por nosotros, existente sólo en nuestra imaginación. Nuestro mundo iluminado por nuestra propia luz, sin nada más. Pensé que debería dejar de pensar tanto para poder sentirla, hasta que me di cuenta de que todo fue un sueño. No digo pesadilla, porque fue agradable mientras duró. La pesadilla se hizo cuando desperté de ese virtualismo onírico que había creado mi imaginación, con pigmentos de realidad, pero que se me escapaban entre los dedos, como la arena fina de la playa bajo el sol.

Me di cuenta de que todo había acabado, y tan solo tuve que abrir los ojos para poder percatarme de ello. Creo que en eses momento lo descubrí: Haz como si lo fuera, hasta que lo sea... Piensa que todo fue un sueño, y sólamente quedará una nube onírica rodeando esos recuerdos, hasta que, al fin, desaparecerán en la nada más absoluta, arrastrada por el viento de una nueva felicidad, y una nueva ilusión, que brillará en el cielo mucho más resplandeciente que la que tu corazón se molestó en olvidar.

domingo, 11 de noviembre de 2012

Discordia.


Mañana empieza hoy, mientras notamos que, entre lágrimas, es el tiempo el que escapa de nosotros, y no nosotros de él. Ya es tarde para pedir que, al abrir los ojos, se haya dibujado en la bóveda celeste un nuevo día, porque este ya está corrupto.

A veces siento esa sensación de auténtico pavor a que todo lo que tengo en la cabeza pueda salir por algún sitio, o de alguna forma. Me aterroriza pensar que toda esa maraña de ofensas a la propia ofensa puedan adquirir algún tipo de materialización, bien en forma de actos, o bien en forma de personas que puedan cometer ciertos actos.

Y es entonces cuando sólo queda escribir, cuando sólo quedan las letras. Cuando a través de unos pocos símbolos, puedes escupir auténticas barbaridades sin temor a que puedan escapar del papel algún día. Y aunque así fuera, lo escrito siempre permanece, mientras que los hechos y los actos son sólo reales en el momento en el que se perpetran.
Son las consecuencias lo que se arrastra, no el acto en si. Por muy cruel que haya sido, por muy despiadadas que hayan sido las manos ejecutoras, sólo es la culpa, la moral, y la conciencia lo que algún día gritará lo que en ese presente llegó a ocurrir. Y volver a caer en el pozo en el que un día se convirtió tu existencia, vomitando sangre allá por donde se pasa, salpicando a las cicatrices de un presente cansado de luchar que comienza a evaporarse. Este presente no ha aguantado conmigo lo que, en su día, aguantó con otras circunstancias, con otras adversidades.

Esa sensación de sabes que la inspiración no te ha encontrado, y salir en su busca montado en armas hasta dar con ella, y llevarla a rastras hasta los dedos. Obligar mediante cualquier tipo de tortura, la más horrenda que cualquier mente humana, enferma o no, haya podido dilucidar jamás. Crear un sentimiento si o si, aventado por una preocupación de no saber qué es lo que se está haciendo, aun que se haga a la perfección. Una perfección tan absurda que no queda más remedio que llamarlo, simple y llanamente, perfección.

 Siempre se prefiere estar acogido por la suave brisa de la evasión mental, volando en el cielo, que con los pies en la tierra. Esa cálida sensación provoca la ascensión del alma hatsa el clímax más absoluto. Pero el calor, obliga a subir, y cuanto más se sube, más dura es la caída,eso está claro...

...excepto cuando te curtes en mil saltos y batallas

Será entonces, cuando ni cielo ni tierra puedan acabar con una mente que lucha por sobrevivir a través de sus dedos. Donde día tras día, cruentas batallas se libran en su interior, y sólo queda un neutral vencedor.
En la guerra todo muere. En la guerra todo acaba. En la guerra sólo existe la erosión. En la guerra sólo existe la muerte. En la guerra jamás hay vencedores, sino vencidos. En la guerra, como en el amor, todo vale.

 Y ese es el problema, cuando el todo, quiere decir realmente...todo.

martes, 6 de noviembre de 2012

El último latido.


Recuerdo tus piernitas al aire, con tu minifalda marrón, cogida de la mano de tu hombre, paseando por las calles de Logroño, con dos coletitas como adorno en el pelo y una sonrisa de oreja a oreja. Tu cadera contoneándose, moviendo los volantes de la minifalda, mientras mis manos rodeaban tu cintura y sincronizábamos ambos caminares para ir al unísono, y nos sonreíamos entre besos fugaces y arrugas en los ojos.

Tu cabello en forma de fuego dándome el calor que no me daban las gotas de lluvia que caían sobre nosotros en mitad de aquellos besos. Tan cálidos, tan blandos, y tan sentidos.

Y todo eso se quema, ¡se rompe!. Miles de látigos ígneos, muy pequeños, brotan desde lo más profundo de mi pecho, para tratar de consumir mi corazón. Grita, y se retuerce entre sonidos chirriantes y pústulas que explotan a causa del calor. Su tamaño va menguando, y las llamas terminan por consumirlo finalmente, convirtiéndolo en una bola enana de carbón, depositada sobre un frío suelo gris situado en el centro de mi pecho, iluminado pobremente por los pocos rayos de esperanza que consiguen filtrarse por el tragaluz en el que se ha convertido mi boca. Sin punto intermedio, un acceso directo desde la luz de luna hasta el dentro de mi alma.

Descansa mi corazón roto, acurrucado e indefenso, quemado y dolorido, apaleado y triste. Con la boca amarga y pastosa, y heridas en los labios, sin contar las quemaduras. Esforzándose al máximo por latir, quiere conseguirlo. Lo intenta una vez más, y otro estallido retumba en su machacada cabeza. Oye voces que le susurran que se deje llevar, que permita que sus piernas flojeen para acabar cayendo en el abismo. Ahí arriba no hay nada que ver, y quizá la solución esté dejándose llevar hacia la oscuridad.

Podría quedar algo de sangre que bombear, se pregunta, pero su cuerpo está demasiado maltrecho. Cualquier esfuerzo que lograra hacer sería el último antes de expirar, y dejar de existir para siempre. Convertirse en ceniza y echar a volar, como vuelan las ilusiones. Las mismas  que son arrastradas por el viento que levanta el polvo de un corazón roto que, tras incontables torturas, tuvo el valor suficiente para emplear su último aliento en un último latido, el cual se escucho como dos barras huecas de metal al chocar entre si a gran velocidad, y su eco resonó hasta el más recóndito rincón de un cuerpo agotado.


"Tummmm..... Tum....." Y se apagó definitivamente.