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lunes, 13 de mayo de 2013

Sueño paradójico.


—Te dije que desaparecieras. —Dije con la voz ronca y condicionada por la sorpresa.
—Hola.
—Te dije... —Tomé aire y solté un suspiro de paciencia. —Te dije que desaparecieras.
—Sabes que no puedo.
Su voz sonaba dulce, como siempre. Sonaba nostálgica, sonaba a recuerdos vacíos mezclados con pasos en un bosque. Sonaba a sexo entre las rocas. Su voz sonaba a ilusión que resplandecía mientras se quemaba por dentro, e implosionaba. Su voz... aquella voz me taladró el tímpano, mientras me empujaba un lateral para abrirse paso.

—Hola...

Repetía una  y otra vez, instalándose en mi mente, penetrando en mis sueños. Y no desaparecía, parecía que no pretendía irse. Saludaba, con las manos cargadas, mientras mi almohada, empapada en lágrimas, sangraba sombras.
Saludaba como quien no quiere la cosa, como quien lo olvida todo. Estaba segura, estaba dentro de mi, estaba brotando desde lo más profundo de mi ser, y no podía hacer nada. Quizá se aprovechara de eso.
Si. La vi. La vi quedarse dormida dentro de mi mente, la sentí caminar por los estrechos pasillos de mi comprensión. La vi ablandarme el alma mientras no podía defenderme. Volvió a aparecer, más clara aún.
—¿Qué haces aquí?
Mi voz resonó con un incómodo eco. Y tan siquiera una mirada como cómplice antes de desaparecer entre niebla y agua en aquella habitación. Condenada el ostracismo en mi propio reino. Sabía que no había muerto, allí estaba, y aquí está, de hecho. Rondando en mi piel, cada centímetro cubierto por su halo, su maldito halo.

Cada línea escrita era parte de ella, cada mechón de pelo sirvió para una precisa descripción. Cada palabra se hace redundante en el recuerdo, sin querer. Sin querer.

—Hola... —Una mirada colmada de tristeza, con las cuencas vacías, con el corazón latiendo en la mano. Un saludo triste y desconsolado disfrazado de luces y de color. No entendía nada. No quería terminar de escribir, no quería pensar que, quizá ella no, pero la otra puta insidiosa se marcharía para no volver. Que no volvería a poseer mis dedos, que lo que siento ahora sería imposible sentirlo más. Pensaba, casi con toda certeza, que no quería ser nada certero. Desde luego, la incertidumbre que me invadía no era competencia para el desconcierto, que mi sangre, tan sucia, no la tocarían esos labios. Sin duda, ella no la abrazaría. Pero ahora si, ahora lo hace. Ahora le abraza. ¿Por qué? Me preguntaba sin poder despertar. ¿Por qué? Me preguntaba aún más fuerte. ¿Por qué...?

"Sabes que no puedo, no puedo desaparecer... Hola." ¿No puedes? ¿Por qué?

Porque nadie es consciente de lo que sueña, hasta que lo sueña consciente.