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lunes, 30 de septiembre de 2013

Yacer contigo.

Tirarte en la cama con ternura, arrancándote la ropa a tirones y mordiscos. Sacar toda mi pasión en forma de mirada ardiente, pulverizar todo atisbo de vergüenza entre nosotros. Que mis manos acaricien tu piel mientras tus uñas arañan la mía, y que el sudor y el placer sean los protagonistas. Que de nuestra comunión sólo nazca más pasión. Una redundancia de placer que rebotará en nuestros recuerdos hasta que nuestra vida se apague. Perderle el respeto a la naturaleza cuando las obscenidades se cruzan disparadas desde tu boca y la mía. Que tu saliva se convierta en un río con mi cuerpo por valle, con la lluvia personificada en un juego de dos, con nubes por ojos y por aroma el césped recién cortado. Que lluevas sobre mi, que te fundas con mi piel, que seas carne de mi carne.

Que tu sexo cabalgue sobre el mío hasta que las estrellas sientan vergüenza y envidia de nosotros a partes iguales, y que tus gritos rompan mis tímpanos, que tus dientes se claven en mi cuello, tus uñas en mi pecho, tus caderas sobre las mías ondeando como una bandera. La bandera de ese sentimiento de pura libertad que inunda los pulmones cuando acecha el climax más absoluto. Reventar en un estallido de colores brillantes hecho chiribitas en los ojos, y sentir dolor al no poder abrir más la boca y desencajarnos la mandíbula a base de gemidos. Tus tirabuzones ardiendo sobre los hombros, y tu mirada verde, tan brillante, asesinando mis pupilas, y sentir los ojos arder, llenos de arena. Romper la barrera del sonido en un orgasmo, romper todos los músculos de la tensión, con un sonido de cuerdas enjauladas en cadenas rotas por nuestro descaro, un látigo de acometidas y deseos carnales, desgarrarse la garganta en un gutural gemido que se eleve hasta la luna, la cual nos observará dormidos, relajados, juntos.

Y yacer contigo.

miércoles, 11 de septiembre de 2013

España.

Si hay algo que me repatea las tripas son los extremos. Creo (o quiero creer) que vivimos en un mundo lo suficientemente civilizado como para poder aceptar con respeto y madurez las opiniones, ideas, deseos, o sentimientos de los demás. Y esto, desgraciadamente, en España, no ocurre. 
Vivimos en un país donde el más mínimo rechazo de una opinión política o social te hace situarte en el otro extremo instantáneamente, y no por que tenga que ser así o porque puedas decidirlo de un momento a otro, sino porque esta sociedad establece cánones condenatorios a las mentes libres. ¿Por qué una persona no puede caminar tranquila por la calle (o pasearse por sus redes sociales) sin recibir insultos, críticas y, en ocasiones, amenazas y agresiones? A mi me ha costado bastante sangre decir que amo a mi país, y que mi sentimiento patriótico está arraigado en lo más profundo de mi ser. Esto es algo que (la mayor parte jóvenes) la mayoría de gente no entiende. Porque sí, amigos, yo puedo luchar contra mis pensamientos, pero ¿contra mis sentimientos? Eso es imposible. Sólo pido que se deje de juzgar un sentimiento inocente y noble como es el patriotismo, porque esto sólo pasa en España. Los británicos exhiben sus banderas con orgullo y hasta grupos de música con influencia mundial (véase Iron Maiden) usan banderas gigantes para ilustrar sus conciertos. En américa es raro ver una sola casa sin la bandera ondeante y reluciente en el jardín. Y el lema coloquial de México es "Viva México, cabrones". ¿Y en España? ¿Quiénes el listo que se atreve a salir a la calle, o a dar la cara de forma pública y decir "Viva España" sin que le tachen de facha? Porque cuando "reconoces" (y mira que me entristece tener que usar esa palabra para referirme a este tema) que amas a tu país resulta que te ponen de hitleriano, militante de las juventudes del PP, o incluso de fascista y racista. ¿Por qué no puedo expresar un sentimiento que poco o nada tiene que ver con la política? ¿Por qué no puedo amar a mi país sin que se me tenga que colocar en un bando o en otro? ¿Por qué, y me lo pregunto seriamente, no puedo expresar el amor que siento por mi tierra sin tener que caer en la crítica social y en una amalgama de insultos y de intolerancia?
¿Por qué hay que demonizar a la gente que sale con el brazo en alto y la palma abierta esgrimiendo un saludo fascista, pero hay que dejar en paz a los que salen con banderas republicanas y con el puño cerrado? Os recuerdo, querido amigos, que ni la falangista ni la republicana son banderas constitucionales ni válidas. 
Nos quejamos de que España se rompe, de que España se va a pique, pero sin embargo nos centramos en una absurda lucha interna que nunca ha servido, sirve, ni servirá para nada, en lugar de arreglar nuestros problemas, unidos como Españoles que somos. Y todo esto, naturalmente, dejando al márgen la política, que insisto, no tiene nada que ver con el patriotismo.
Y lo que no entiendo es por qué ha de estar mal visto un bando y no otro.
Y lo que tampoco entiendo es por qué la gente pide un respeto que no demuestran tener ellos mismos.

Y creo... que el ser humano es mucho más complejo como para encasillarlo en la derecha o en la izquierda.

jueves, 5 de septiembre de 2013

Psicótico amanecer.

La repulsión y el asco a veces se hace insoportable. La hedionda y miserable manera del actuar de la ignorancia a veces remueve los instintos más psicóticos y terribles que, queramos o no, descansan en cada uno de nosotros, como una bestia dormida, latente, esperando el resurgimiento desde el infierno, con un cuerpo humano como vía de escape. A veces, la ira y la furia ciegan tanto que es imposible pensar con claridad, y tus manos se manchan de sangre caliente, contrastando con la frialdad de tus actos. La hueles y la saboreas, pruebas ese delicioso manjar en una amalgama de sentimientos que ya no duermen en el sentimiento humano, sino en un lecho de carbón ardiente y azufre esperando volver a saciar la sed y el hambre que la violencia despierta dentro de ti. El sentimiento más oscuro que puede albergar una mente humana.
Esas voces que cada vez se hacen más fuertes. Cada vez te dominan más, cada vez te piden más sangre, más violencia. Que día tras día lloran desesperadas para que cedas a su chantaje, manipulando tu cerebro hasta el punto de dejar al corazón decidir por ti, perdiendo toda la humanidad que queda en tu interior, notando cada mililitro de sangre recorriendo tus venas, escuchándole tragar y jadear después de cada trago. Escuchando a tu corazón, marcando con tambores de guerra, el paso de tus acometidas violentas, gritándote desde lo más profundo de tus entrañas, pidiéndote la saciedad, ordenándote el asesinato, la tortura, la crueldad. La piedad... la piedad es para los débiles.  Incontrolable, imposible de manejar, como un autómata poseído por sus miedos, por su propio terror, por el terror que tú mismo cosechas. Con las cadenas que ataban tu cordura marcando tus muñecas y enrojeciendo los rumores que se abalanzan sobre ti despojándote de tu ropa y de tu protección, dispuesto a lanzarte al campo de batalla en plena enajenación colérica. Y ellas, ¡ellas no se callan ni un segundo! no las oyes, pero las sientes dentro burlándose de ti, recorriendo tus oídos tímidas y suplicantes para no darte a entender tu enfermedad tan directamente, esa dulce enfermedad, tan refrescante y tan oscura. Sólo quieren que liberes tu ira. Solo contra el mundo, lleno de vida, pero vacío de humanidad, deseando sentir la sangre tibia escurriendo por tu cara, por tu cuello. Deseando sentir la sensación de poder al segar almas sin compasión, deseando dar rienda suelta a tus instintos más primitivos. Sentir miedo de ti mismo, mirarte al espejo y sólo ver una sombra de lo que la bondad fue en su día. Ver corrupción y muerte...y sonreír.
 En la tortura, en el fuego, en la súplica de unos ojos vacíos y temerosos, en su reflejo estás tú, temible y despiadado. Disfrutando. Convirtiendo en un drenaje macabro el dolor inhumano de tu víctima en un placer indescriptible estallando en tu pecho, mientras tu corazón ríe entre jadeos y convulsiones. A cada grito más sonrisas, a cada sonrisa, más energía pura recorriendo con arena y sal tus venas, narcotizando tu sistema nervioso, sintiendo el placer del dolor, con los ojos inyectados en sangre, perdiéndose en la inmensidad de un psicótico amanecer.
La necesidad de mezclar fluídos, de notar cómo los vapores se desprenden de su cuerpo inerte, abierto como un libro, supurando y formando charcos de esa esencia en la que quieres ver sumergido tu cuerpo, siempre necesitas más. La exploración de sus entrañas aún calientes, rozando el abrasamiento. Empaparte de su vitalidad, sentir que aún con sus tripas desparramadas por el suelo sigue suplicando por su vida. Su sueño y su silencio te dará el vigor para mantenerlo consciente todo lo posible, que disfrute contigo, que disfrute de la belleza de la muerte y del dolor, que sienta su miserable relleno lejos de su cuerpo, que consiga la ubicuidad en lo carnal y que su mente sepa asociar el acto divino con su desesperación. Como un verdadero Dios, juez y verdugo, asesino y justiciero. La orden y el caos.
Y sólo así, la paz con tu conciencia, conciencia negra, manchada. Conciencia triste e intranquila. Pero las voces permanecerán calladas.