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martes, 16 de septiembre de 2014

He vuelto a soñarte.

Hoy te he vuelto a ver en mis sueños. Tan inocente, tan blanca, tan pura como siempre, tan real, tan sentida, tan evocadora. He podido notar tu cálido abrazo y tu desprecio al mismo tiempo, esas suaves palabras de odio hacia mí, esa mirada dudosa, fría, distante, pero que tanto me llena de vida. Esa vida que nos prometimos, la he sentido y la he deseado mientras dormía. La he acariciado en sueños. Te he acariciado en sueños.
Con gran dolor noté cómo me apartabas la cara al intentar darte un beso, cómo te acurrucabas en la cama pidiéndome entre llantos que no te molestara, que te dejara en paz. Nada más placentero que tu voz, repleta de falsedad y miseria rebotando en mi cerebro una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez. Mataría por volver a escuchar tu voz tan nítida, tanto como en el sueño. Lloraste con furia, y cada fría lágrima resbalando por tu mejilla era un pozo sin fondo que emanaba calor, incrustado en lo más profundo de mi ser. El conformarme con tu llanto, con tu odio, con tu dolor, con tu rencor, con tu ira… era todo lo que necesitaba porque, por fin, he vuelto a soñarte. 
Soñé cómo me mirabas con los ojos enrojecidos, con la cara sangrante, con las manos vendadas, con el corazón roto, con los ojos llenos de tristeza y de pena. Soñé cómo sonreías con esa boca que tanto me hizo soñar en su tiempo y que sueño por fin ahora, soñé que te soñaba sonriéndome de nuevo, que nuestras bocas se juntaban mientras llorábamos desconsolados. Te soñé haciéndome daño, y volvería a repetir ese sueño mil veces, pasaría la eternidad durmiendo con tal de poder ver tu rostro de nuevo, aunque fuera en esa realidad onírica. Pero me calmaba, las pesadillas se fueron por fin, porque tus malas palabras, tu desprecio y tu vehemencia sueñan conmigo. No es pesadilla soñar con tu muerte, porque es a ti a quien sueño, es tu imagen, tu reflejo. Tu cara ensangrentada, tu cuerpo amoratado, aunque fuera, mataría por soñarlo
.
Hoy te he vuelto a ver en mis sueños, tan real, tan clara. Sentí en unas horas todo lo que me hiciste sentir en unos meses. Todo junto, devorando mi madrugada, recibiendo al amanecer como se merece, con lágrimas y con desesperación, con la noche cayendo como caía tu recuerdo por el falso olvido. Como pretendió caer, pero como al final no cayó.
Hoy he vuelto a soñarte, con los ojos vendados, con la boca cosida, con los oídos taponados y con esa expresión tan sincera, tan amable, siempre. Mientras soñaba, creí quererte de nuevo, creí poder engañarme hasta el punto de odiarte. Soñé que podría escribirte, remoloneé en la cama nada más despertar, empapado en sudor y en lágrimas, deseando que no hubiera sido un sueño, que tus malos modos, tus insultos, y tu descorazonada desidia siguieran a mi lado al abrir los ojos. Poder mirar ese odio de nuevo, poder sentir ese frío devorando mis pupilas de nuevo, poder sentir esa presión en el pecho al dolerme tu ausencia.


Mataría por volver a soñarte aunque fuera un segundo, como moría cada noche por seguir soñándote tiempo atrás.

lunes, 28 de julio de 2014

Nada que decir.

Tantos recuerdos y tantos pensamientos que se fueron por el desagüe. Tantas risas que ahora sollozan desconsoladas y que se marchitaron pisoteadas por una dejadez supina.  Y lloraba a la ausencia, que ya no te reconocía, que enferma entre gritos y llantos blandía su impío rencor, que sucia y desaliñada clamaba compañía. La ausencia, y tan triste, tan hambrienta, tan dolorosa, se extrañaba de tu rostro, de tu saber y de tu voz. El hueco se hacía cada vez más grande, y bostezaba con una botella de whiskey en una mano y una cigarro en la otra. Suspiraba, tomaba una calada, bebía un largo trago y espiraba el humo, se perdía entre lo que, a su juicio, parecía ser una extraña rebeldía que no tenía ni razón, ni ser, ni dueño, ni sustento, ni alma. 
Sólo hambre, hambre rugiendo por la libertad encadenada que su ilusión le permitía ver, a duras penas, entre sus párpados entreabiertos y sus ojos enrojecidos e irritados, llenos de lágrimas que se resistían a caer.
Que la ausencia, tan desesperada por no cruzarse de nuevo en su camino, le invitaba a servir a un amo, aun dueño, a un señor. Se sumía en una servidumbre disfrazada de amistad, en el sexo, sucio y deshonroso, disfrazado de amor y pasión, pero donde sólo la oscura sombra de un anhelo que, sabiendo que jamás será, tenía cabida.
 No había nada, no quedaba nada.
 Se había roto en mil pedazos toda la ilusión de ver amar de nuevo a aquellos labios que tan poco esgrimieron sus armas en pos de victoria. Ni el intento. Como una losa de cristal grueso cayendo contra el suelo, con un sonido ensordecedor, con una pena máxima, como el único motivo de ser. 
Era mayor el lamento de la poca importancia que se le había dado a la derrota, que la derrota en sí. Las victorias sólo hacen hombres vanidosos.
 Las derrotas, en cambio, hacen hombres, a secas. Después de una victoria sólo hay que escribir lo sucedido. Después de una derrota toca estudiar, leer, aprender y no volver a fallar. Después de una victoria, al fin y al cabo, no queda nada que decir. 

domingo, 11 de mayo de 2014

Necios.

-23 de octubre de 1999. Despejado. Mar calmada. Unos 17 grados centígrados. Poca humedad-


—¡Necios! —Grité.
Hablaban de lo que no sabían, como siempre. Si se hubieran mordido la lengua hubieran caído fulminados por su veneno.
—¡Más que necios! —Volví a gritar. Estaba enfadado. Muy enfadado, y cada vez tenía menos claro qué hacía en aquel lugar. Sólo se dedicaban a mandar insultos y reproches a diestro y siniestro y a hablar sin experiencia ni razón. Gente vacía, como medusas, moviéndose por una inercia que ni ellos mismos controlaban.
Nunca fui una persona violenta, pero tanta mala saña junta me hacía replantearme mis principios. Porque todos tenemos un límite, aunque nunca haya sido partícipe de usar la fuerza para la resolución de conflictos (bueno, tampoco es que tuviera mucha –fuerza-), pero cuando la gota termina por colmar el vaso, el líquido se derrama. Y eso era mi cerebro, un vaso a punto de sobrepasar su límite. Sentí una presión en el pecho, las manos comenzaron a sudarme aunque permanecían heladas, y un montón de pensamientos bastante siniestros se me comenzaron a agolpar en la cabeza. Siniestros para lo que mi personalidad podía decir sobre mí, naturalmente.
—¡Algún día os tragaréis vuestras palabras! —¿Eso lo había dicho yo? Santo Dios. La única vez que juré venganza a alguien fue a la salida del instituto, a un idiota llamado Lorcan que me hacía la vida imposible. Su madre era profesora de inglés, nativa irlandesa y, como es natural, su hijo era el “intocable” dentro de clase, y además debía medir como 1’80, y era una bola. Nos tenía a todos bastante acojonados.
 Su máxima pretensión en la vida era hartarse de chocolate, ganchitos, dulces, y refrescos, pensando que su madre estaría ahí siempre para protegerle dentro de su pequeña parcela de poder, dentro de clase, metiéndose con todo el mundo, creyéndose el rey del mundo. Naturalmente la vida se encargó de que no fuera así, y a los 18 años se metió con un grupo de chavales a la salida de la universidad (ninguno sabíamos cómo había conseguido aprobar todas las asignaturas a la primera, siendo tan inútil como era). Por lo visto pensaba que las cosas en el instituto iban a ser iguales que en la universidad, y esa falsa sensación de poder que le dio haber estado sobreprotegido durante tantos años, hizo mella. Bueno, el caso es que le dieron una paliza de campeonato. El resultado fueron tres costillas rotas, la pérdida de un ojo, varios traumatismos craneoencefálicos y diversas magulladuras y heridas.
Entiendo que no es bueno (ni sano) alegrarse de las desgracias ajenas, pero ese idiota se lo merecía.
Creo que me he ido del tema. Pero ya no importa demasiado. Sólo quería desahogarme, creo que esta situación va a superar mi nivel dentro de muy poco tiempo. 

Voy a suspirar y a mantenerme sereno. Seguiré informando.

jueves, 1 de mayo de 2014

Un anhelo perdido.

Rompiendo la simpleza innoble en un suspiro. Perdiendo todo lo que anhelaste ser, por todo lo que luchaste, todo lo que creías al traste, a las curvas perfidiosas del súcubo más maldito. 
Al traste tu vocación, tu misión, tu vida, tu alma. Por la borda tu cuerpo, tu camino, tu fe, tu visión de ti mismo. Perdido todo por un casi, por un quizá, por un tal vez. Por un nada. Por un castillo en el aire. Disparando a ciegas, engañándote a ti mismo con que quizá saldrá bien, quizá no, quizá hoy mueras, quizá hoy ya no vuelvas a verle, y quizá no quieras hacerlo, quizá quieras envenenarle, cerrarle la puerta en las narices, dejarle agónica, gritando y suplicando en la lluvia. 
Acuchillando tu conciencia con tus propias uñas, largas, sucias, repletas de tierra y piel humana, y tu cara llena de arañazos, marcas, cicatrices. 
Discutiendo con la luz anhelando oscuridad, amartillando los dedos que te dan de leer, con la lengua que recoge y limpia tu propia sangre, lamiendo el acero, riendo entre lágrimas y desesperación. Con los ojos quemados y con el rostro lleno de cicatrices y surcos fruto de tus lágrimas de lava y los pulmones deshechos, con los pies arrastrando como un vulgar no-muerto, como un difunto que entierran en una fosa común, como un prodigio desterrado, una mente en el ostracismo, una posibilidad de éxito defenestrada. Suspirando por ella, tosiendo por ella, vomitando por ella. 
Llorando por mí, por ser tan idiota de nuevo. Llorando por dejarte llevar, arrastrar, marcar, asesinar. Por dejar que te chupen la sangre, que te infecten, que te duelan de nuevo. Por saltar y abrir las heridas de las que te dolías, por sangrar oscuridad. 
Por quemar tus sueños, por romper tu vida en dos por lo que prometía y que al final no era. Por desidia, por amor, por ese vestigio de paz entre las ruinas que nunca llega. Llorando de nuevo por esas balas perdidas en el cielo, por ese corazón latiendo al unísono con la balada más triste, de tristeza envuelto y de risa ausente, de sentir que vuelve la llamada que grita que donde duele inspira, que si escuece cura, que si supura cierra y borrón, y cuenta nueva. Y llorar de nuevo por dejar frases en el tintero, por manchar de tinta el folio donde pensabas mandar todo al traste. Todo clamando la vuelta, las lágrimas pidiendo secarse y las almas olvidadas negándose a volver a la senda de lo que un día fuiste, y lo que un día te arrebataron.



“¿Cómo no va a ser importante mi vida, si es lo único que tengo en la vida? Vive por ti.”

miércoles, 5 de marzo de 2014

Tánatos.

Toda esa rabia encerrada deseando salir, empuja tu pecho sin parar, latiendo muy fuerte, cada vez más fuerte. Toda esa ira psicótica desencadenada dentro de tu ser, como una bestia que busca una nueva víctima para alimentarse, todo ese deseo de hacer el mal, de ver sufrimiento en los ojos de tus enemigos. Esa desesperación que grita, esas voces que susurran muerte y desconsuelo mientras, con las manos rodeando las rodillas, las lágrimas tocan el sucio suelo en el que te encuentras, y un escalofrío recorre tu espalda buscando llegar al corazón para mancharlo de nuevo. Y aprietas los dientes a la par que los puños, buscando entre sangre y vísceras algo vivo para poder acabar con ello, algo de tranquilidad en este infierno, algo de cordura en esta necedad sin sentido ni rumbo, algo de compañía en esta perenne oscuridad.
 Un bostezo como descanso, un “no puedo más” pintado con sangre en las paredes de tu habitación y un triste canto a la vida sin desear que llegue. Sólo el deseo de morir, el deseo de encadenarse a algo irremediable, a algo malo y sin ningún futuro que augure esperanza, rasgarse la ropa y reventarse la garganta en un desesperado intento de ser libre, tratar de mirarse las manos y querer estrangularse a uno mismo, querer sufrir como hacen sufrir otros a sus iguales. Querer huir y no volver a soñar nunca más, ni pensar, ni respirar. Ser humo, ser aire, ser brisa, convertirse en el azote del mundo de forma inconsciente. Con la sangre de tus enemigos manchando tus zapatos, y un llanto desconsolado brota desde lo más profundo al darte cuenta de lo ocurrido. La muerte llegó a manos del frío, a manos de temblores solitarios, a manos de la propia muerte vestida de ángel, la puta muerte, la puta muerte.

Que la oscuridad te encuentre llorando su pérdida, y sentir en su seno la verdad, la paz, la calma, la calma por fin, la calma que jamás debió irse. Un consuelo cobarde y pobre que sólo puede entender muriendo, matando, matándote, sintiendo tus lágrimas suicidarse desde el punto más alto de tu tristeza, desde el nivel ulterior de la decadencia y la maldad. Y maldecir la bondad, maldecir todo lo bueno, rabioso y sincero. Puro pero manchado. Ladrón, necio, cobarde, bastardo, ignorante, violento, rabioso, impotente, asesino.
Y con la cara congestionada, con los dedos de tus manos apretando tu nuca, como tratando de arrancar una máscara pegada, y las lágrimas asesinando tu cordura, decirle a la vida que la odias, que no vuelva a aparecer, que no se le ocurra ser soñada, ser más presente, ser más persona. Querer irte, arrancarse la garganta con las uñas y ahogarte en tu propia sangre, morir de frío y de miedo y clamar al viento que te lleve con él. Lejos, allá donde se pierde el recuerdo de lo que fuiste. Allá donde nadie, jamás pueda encontrarte. Desaparecer por completo, ser la nada, y que la nada te lleve.


Y después de la tormenta llega la calma. Y si la calma no llega, sólo queda el más absoluto y ensordecedor silencio.