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miércoles, 5 de marzo de 2014

Tánatos.

Toda esa rabia encerrada deseando salir, empuja tu pecho sin parar, latiendo muy fuerte, cada vez más fuerte. Toda esa ira psicótica desencadenada dentro de tu ser, como una bestia que busca una nueva víctima para alimentarse, todo ese deseo de hacer el mal, de ver sufrimiento en los ojos de tus enemigos. Esa desesperación que grita, esas voces que susurran muerte y desconsuelo mientras, con las manos rodeando las rodillas, las lágrimas tocan el sucio suelo en el que te encuentras, y un escalofrío recorre tu espalda buscando llegar al corazón para mancharlo de nuevo. Y aprietas los dientes a la par que los puños, buscando entre sangre y vísceras algo vivo para poder acabar con ello, algo de tranquilidad en este infierno, algo de cordura en esta necedad sin sentido ni rumbo, algo de compañía en esta perenne oscuridad.
 Un bostezo como descanso, un “no puedo más” pintado con sangre en las paredes de tu habitación y un triste canto a la vida sin desear que llegue. Sólo el deseo de morir, el deseo de encadenarse a algo irremediable, a algo malo y sin ningún futuro que augure esperanza, rasgarse la ropa y reventarse la garganta en un desesperado intento de ser libre, tratar de mirarse las manos y querer estrangularse a uno mismo, querer sufrir como hacen sufrir otros a sus iguales. Querer huir y no volver a soñar nunca más, ni pensar, ni respirar. Ser humo, ser aire, ser brisa, convertirse en el azote del mundo de forma inconsciente. Con la sangre de tus enemigos manchando tus zapatos, y un llanto desconsolado brota desde lo más profundo al darte cuenta de lo ocurrido. La muerte llegó a manos del frío, a manos de temblores solitarios, a manos de la propia muerte vestida de ángel, la puta muerte, la puta muerte.

Que la oscuridad te encuentre llorando su pérdida, y sentir en su seno la verdad, la paz, la calma, la calma por fin, la calma que jamás debió irse. Un consuelo cobarde y pobre que sólo puede entender muriendo, matando, matándote, sintiendo tus lágrimas suicidarse desde el punto más alto de tu tristeza, desde el nivel ulterior de la decadencia y la maldad. Y maldecir la bondad, maldecir todo lo bueno, rabioso y sincero. Puro pero manchado. Ladrón, necio, cobarde, bastardo, ignorante, violento, rabioso, impotente, asesino.
Y con la cara congestionada, con los dedos de tus manos apretando tu nuca, como tratando de arrancar una máscara pegada, y las lágrimas asesinando tu cordura, decirle a la vida que la odias, que no vuelva a aparecer, que no se le ocurra ser soñada, ser más presente, ser más persona. Querer irte, arrancarse la garganta con las uñas y ahogarte en tu propia sangre, morir de frío y de miedo y clamar al viento que te lleve con él. Lejos, allá donde se pierde el recuerdo de lo que fuiste. Allá donde nadie, jamás pueda encontrarte. Desaparecer por completo, ser la nada, y que la nada te lleve.


Y después de la tormenta llega la calma. Y si la calma no llega, sólo queda el más absoluto y ensordecedor silencio.